Exposición “Roberto Obregón: una estética topológica o de los inconmensurables”

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Roberto Obregón fue uno de los artistas venezolanos más significativos durante el último cuarto del siglo XX. Si bien inicia su trabajo durante la década del sesenta, cuando se enfrentaban las corrientes de la abstracción concreta y cinética, y luego las informalistas de El Techo de la ballena; Obregón nunca halló en sus esperanzas y entusiasmos típicamente modernos un lugar para él.

 

Una personalidad más bien frágil, llena de conflictos personales, y una sensibilidad intelectual que él calificaba de “borgeana”, lo llevaron a enfrentarse a la “grandilocuencia” moderna. Primero, entre 1964-74, a través de una pintura cuyos temas abiertamente sexuales buscaban molestar, conmover e impresionar. Posteriormente, abandonó esa actitud combativa para hacer una obra más interior y reflexiva dando inicio a las Crónicas de 1974-76. Sus Crónicasfueron concebidas como verdaderas combinatorias de técnicas y lenguajes históricos. En ellas se propuso combinar y, mejor aún, hibridar, la idea de una serie monotemática a la manera de Claude Monet en sus Catedrales de Rouen; la sistematicidad técnica de Eadweard Muybridge y la exhortación escatológica de las vanitas barrocas. El resultado fueron verdaderas vanitas contemporáneas (en particular cuando aborda el tema de la rosa), que venían a desestabilizar los lenguajes repetitivos y seriales de lo moderno.

 

Tan pronto como aborda el tema de la rosa, por su riqueza simbólica y por estar unida a los traumas de su vida familiar, Obregón decide deshojar la flor para construir con ella pequeñas estructuras regulares. Nacen así sus Disecciones. Con ellas encuentra no solo un tema, sino también una herramienta de lenguaje que caracterizará su obra desde 1974 hasta su muerte en 2003. Con esa herramienta semántica de la disección, Obregón abordará luego los temas que le inquietan: la fragilidad de la vida, el accidente, la naturaleza cíclica del tiempo, el afecto y el desafecto, el suicidio individual y colectivo. Lo hará en series diversas como sus Disecciones, los Libros acordeón, el Proyecto Masada y Las Niágaras, de las que exponemos aquí algunos ejemplos.

 

Es profundamente significativo que su principal herramienta de lenguaje tenga como base un organismo vivo, y una rosa, pues de allí se desprende una sensibilidad especial por la fragilidad de la vida y la singularidad de cada individuo; aspectos sencillamente cruciales a la hora de pensar las sociedades complejas, pluriculturales y plurirraciales del presente. De allí la pertinencia de una obra como la suya en los espacios de FLORA, dedicado al estudio de las profundas y siempre delicadas relaciones entre el arte y la naturaleza.

 

Las disecciones

 

Las primeras Disecciones de Obregón datan de 1974. Su objetivo fue deshojar una rosa para estudiarla metódicamente, identificando la posición de cada pétalo con un número. Una vez secos, los pétalos eran organizados en líneas horizontales y columnas verticales, generalmente por orden de tamaño; tal y como fueron desprendidos de la rosa. Con ellos llenaba cuadernos enteros, en una especie de reserva “silvestre” de Disecciones reales. A partir de ellas, Obregón procedía enseguida a realizar sus obras; ya sea en acuarelas de un carácter “realista”, recortando los pétalos en papel, o reduciéndolos a siluetas negras recortadas en caucho. Dependiendo de la organización de los pétalos y de los signos a los que se asociaban, Obregón trabajó los diferentes problemas que lo inquietaron. Así, cuando buscó poner en juego su idea de un tiempo cíclico, no solo los enumeró al derecho y al revés, sino que además los organizó en triángulos, en referencia directa a la alquimia (ciencia de las transformaciones); los asoció a los símbolos presocráticos de los cuatro elementos; los trabajó en acuarelas con agua de diferentes fuentes, haciendo suya la idea del tiempo como un río; y acudió a esquemas científicos contemporáneos como el ciclo hidrológico. Lo hizo, pues, como Borges cuando abordaba la noción del tiempo, deshojando una a una las capas conceptuales desde las cuales se nos hace posible pensarlo. Cuando se centró en la noción de accidente, Obregón dispuso los pétalos en secuencias regulares en las que de repente se perdía alguno de ellos o dislocaba su numeración. En ocasiones muy específicas, cuando una de sus rosas fue atacada y “herida” por un insecto, construyó agrupaciones que hablaban de la fragilidad humana y de la vida en general. De este modo, ese método taxonómico de estudio que es la disección, se convirtió para Obregón en una verdadera herramienta de lenguaje.

 

Del tiempo cíclico

 

Borgeano de formación, Obregón creía en la recurrencia cíclica de determinados procesos históricos. Pensaba la vida como la preservación de una especie en ciclos donde cada individuo cumplía una función específica. La masacre de Guyana, en noviembre de 1978, en la que casi mil personas se suicidaron en un rito colectivo, le recordó el sacrificio de Masada ante el asedio de las tropas romanas, en el 73 después de Cristo. En la tragedia planetaria del SIDA vio la recurrencia de otras epidemias históricas, no una simple enfermedad contemporánea. El tiempo humano, el tiempo de la historia como realidad cíclica, fue pues uno de sus grandes temas, y lo abordó en obras de una delicadeza a veces manierista, otras de una sobriedad “conceptual”; siempre, en todo caso, hermética. Dos series se centraron específicamente en esta idea del tiempo cíclico, las Líneas de Agua y los Libros acordeón, de los que mostramos aquí uno de los más delicados ejemplares que haya realizado.

 

El Proyecto Masada

 

El 18 de noviembre de 1978, todos los miembros de la secta El templo del pueblo, fundada por el pastor norteamericano Jim Jones, decidieron morir juntos tomando una mezcla de Kool-Aid y Cianuro. La prensa de entonces comparó el acontecimiento con el suicidio de todo un pueblo en la meseta de Masada, en el año 73 después de Cristo. Obregón, que por su dolencias bipolares vivió siempre martirizado por tentaciones suicidas; vio en aquello un acontecimiento mayor, y sintió la necesidad de registrarlo. Al año siguiente, presentó en la exposición Dos homicidios sintéticos documentos sobre la Masacre de Guyana donde se incluyó entre las víctimas. También proyectó imágenes de artistas muertos por suicidio y reprodujo algunos de sus textos y obras plásticas. Luego archivó el resultado y pareció olvidarlo hasta que, empujado de nuevo por sus tendencias suicidas, lo retomó en 1995 de una forma completamente distinta. Esta vez, se propuso conseguir una verdadera sublimación del suicidio, y lo hizo en una de las series más fuertes y bellas: el Proyecto Masada.

 

Como en los accidentes de Andy Warhol, donde la reproducción repetida de un accidente automovilístico se opone a un cuadrado naranja sin ningún tipo de imagen, Obregón opone ahora un cuadrado de caucho negro a otro donde son recortadas las siluetas de muchos pétalos, quedando su forma en negativo. Si bien, en un primer acercamiento, nos parece estar ante una obra abstracta de una impecable resolución formal, la comparación entre la disposición de sus pétalos y las imágenes de la Masacre de Guyana, nos permiten constatar de inmediato que sus siluetas se organizan en el espacio disponible, tal y como lo hicieron los miembros de la secta justo antes de morir.

 

Las Niágaras

 

Sabemos, por testimonios del artista, que las Niágaras estuvieron destinadas a convertirse desde el inicio en la serie más ambiciosa de toda su obra. Una primera aproximación nos permite ver en ellas una suerte de conversación simbólica entre diversos interlocutores. En general, esta conversación se da entre el artista y una persona a la que lo unían fuertes vínculos afectivos; pero también protagonistas pop del cine, la canción o de las artes plásticas. Este encuentro imaginario tiene lugar en dos niveles distintos. Compartiendo, por una parte, la disección de una rosa específica y; por otra, desplegando el entramado de signos que en la cultura popular y desde una remota antigüedad, definen el perfil de un individuo: la astrología, el Tarot, el I-Ching, la alquimia, enmarcados por los símbolos presocráticos de los cuatro elementos; esos, precisamente, de cuya combinación se engendraba el mundo para los filósofos de la Grecia antigua.

 

El título proviene de una película de Marilyn Monroe. La versión en inglés se tituló Niagara(1953), porque la escena se produce a los bordes del río y sus cataratas. Su traducción al castellano fue Torrente pasional, lo que de toda evidencia retuvo su interés, porque pocas cosas definían mejor su historia afectiva, que la de un torrente de pasiones difícil de encausar. Se trata pues de una experiencia orientada a poner en juego, y a exponer públicamente, su entorno afectivo, los lazos que lo ataban a un puñado de seres humanos. De allí que podamos decir de Obregón y de esta serie en particular, lo que André Comte-Sponville dice de Montaigne: “Cuando la revelación deja de ser una evidencia, cuando los dogmas vacilan, cuando la teología no gobierna ya el pensamiento, ¿Qué es lo que queda? Queda la duda, la incertidumbre, la ignorancia: queda la inteligencia humana, solitaria y frágil.”

 

El resultado es una obra centrada en sus referencias afectivas y culturales más cercanas, una obra que hace público un universo absolutamente autobiográfico.

 

Curaduría de Ariel Jiménez

 


Esta exposición es posible gracias a la generosa colaboración de la Colección C&FE, en Caracas, y el Institute for Studies on Latin American Art (ISLAA).